
Este fin de semana pasado volví a la Tierra Media, después de muchos años. De hecho, unos 17 aproximadamente si no recuerdo mal. Y es algo que me ha hecho pensar.
No quiero hablar de mi experiencia con la obra de Tolkien en particular (la cual siempre será especial para mí, pese a lo tópica, clásica o manida que se pueda ver), sino aprovechar para lanzar algunas preguntas y conclusiones derivadas del como puede ser el volver a encontrarte frente al mundo con el que descubrí la magia de esta afición hace ya tanto.
Realmente, no es como volver a ver una película que hace años que viste por última vez y recuerdas con un cariño especial, o releer esa novela que te despertó emociones que almacenaste junto a un pedacito de tu alma en un rincón de tu memoria. En el caso del rol, creo que el miedo a la decepción puede ser mayor, pero, por contra, más infundado.
Está claro que la similitud en cuanto a la destrucción de la idealización del concepto es patente, y por ello me ha costado lo que me ha costa intentarlo, amén de la falta de necesidad aportada por la enorme variedad de calidad que existe en cuanto a paradigmas de juego.
Pero siendo cada vez que se lleva a término una infinita combinación de posibilidades el rolear en un mismo entorno, ¿por qué acobardarse frente a unos patrones, moldes o clichés presuntamente inexistentes? ¿Realmente no existen esas paredes invisibles al jugar con el mismo círculo de gente frecuentemente? ¿Y si existen, realmente importa el entorno? Porque si lo que hacemos no es abrir puertas a mundos imposibles cuando nos sentamos alrededor de la mesa, si únicamente son trajes que sacamos del armario y nos ponemos sin más, ¿de dónde surge todo este extraño costumbrismo y reticencia a salvaguardar en nuestra bóveda de los recuerdos sellados esos momentos especiales? Quizá podrían ser devaneos personales, pero resulta que conozco a más gente que elude volver a hollar esas islas ya visitadas. También puede ser que se haya caminado en exceso por esos lares, y la capacidad de sorprendernos es algo que necesitamos alimentar. Qué menos que seguir ese precepto en una afición que permite volar sin riendas con el vasto poder de la imaginación, entonces.
Y aquí cerraré, a expensas de si os apetece comentar vuestra experiencia conmigo, con mi conclusión. Nos olvidamos un factor poderoso, el cambio. La capacidad de metamorfosearnos y reinventarnos intrínseca del ser humano. Nos movemos en el tiempo inexorablemente, y no somos invariables en ese viaje. Al contrario, caminar por los senderos de Chronos nos moldea, ¡y eso es bueno para el rol! Vestimos con palabras como purismo o clasicismo nuestro miedo al cambio, y relegamos mundos de magia y color al olvido por su tediosidad e imperturbabilidad. Los que aportamos esa magia somos nosotros, los que tenemos el verdadero poder somos nosotros, y cada vez que abrimos una de esas puertas mágicas que antes comentaba, únicamente lo podemos hacer si usamos la llave de la verdadera imaginación. La pura, la de colores iridiscentes.
De niño, símplemente con ser otro individuo en un mundo inexistente generaba esa energía; de adolescente, si podía hacer cosas imposibles destelleaba de la misma; y de adulto, si puedo vivir los sentimientos de los habitantes de esos lugares fantásticos, la siento fluir.
Esa ha sido mi experiencia, y cada uno tendrá la suya, pero lo que vengo a resumir es que no tengáis miedo a visitar islas que habéis relegado al frío de la bruma sin la luz de vuestros barcos. No olvidéis el poder que confiere la imaginación en grupo y visitad viejos lugares, pero con nuevos ojos. Cuando el fin de semana pasado abrí la puerta de la Tierra Media asustadizo, el aroma de sus bosques inundó mis fosas nasales y el sol de sus llanuras regocijó mi rostro como solo puede disfrutar alguien que ya lo ha sentido anteriormente.
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